Mirando la techumbre de la noche,
grabo el lienzo inabarcable en las retinas
en honda y placentera observación.
Emerge en mí como un ensalmo;
un brío, un estallido, un gorjeo íntimo; apocado.
Notaré algún bostezo aproximándose
al perímetro estrellado,
que desecharé, abstraída como esté,
blindando las pupilas de belleza.
Veré, atolondrada, como la luna cuelga
su camisón en el perchero azabache
desperezando su sonrisa titilante.
En los aledaños del latido, percibiré tenuemente
un ligero desconsuelo ante el desdibujar
de luceros moribundos.
Viendo alejarse el celaje pusilánime
tras el réquiem por difuntos, nacaré el gesto adusto
de la muerte que lo acecha.
Tomaré de mi paleta, pincel de anhelo y suspiro
y pintaré delicada, los luceros desvaídos.