Nacieron las palabras en el árbol de la vida, como nacen los higos en la higuera, siendo pequeñas gotas verdes fácilmente confundibles con prolongaciones de las mismas ramas, pero que dejándolas madurar, se convertían en fruto jugoso y apetecible al paladar.
Ocurrió tal como digo y con ellas vinieron, como siempre ocurre, los deseos desfasados de tomarlas sin límite. Era la avaricia del a ver quién puede más.
Los hubo que tomaron las justas para ser equilibrados, sensatos y prudentes. Seres capaces de discernir utilizando el jugo gástrico que se formaba en su interior, para clamarlas al viento, sembrarlas delicadamente y con justicia.
Fueron palabras constructivas, aleccionadoras de generaciones futuras en cuyo interior germinaron de forma brillante y expansiva como ondas del mar de la sabiduría.
Otros en cambio, amasaron en su vientre cantidades ingentes de palabras, de tal forma que al agitarlas en su interior se enredaban, colisionaban entre sí, enmadejaban las letras y acababan por salir disparadas en forma de vómito terrible quemando la tierra donde eran desalojadas con furia.
De ellas nacieron los conflictos, y de ahí las guerras. La muerte se hizo pasto de sus llamas formando un batallón irresistible y fronterizo con las palabras amables.
La lucha se previó encarnizada.
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Aún hoy en día continúa y nadie sabe el desenlace final ni el alcance del mismo.
