bajo mi piel. Se oyen campanas a lo lejos; campanas de domingo.
Din, don, din, don, don
Repiquetean sin ton ni son o me lo parece.
Será que la infancia por dentro crece y me lleva
a días de campaneo sin preocupación.
El pajarito tras el cristal ya no se asusta de mi presencia.
Observo atenta su picoteo de las migajas que puse ahí
con gran ternura para alegría de ese comensal tan sorprendente
y sorprendido, pues sin vivir, vive conmigo.
Ojos abiertos cual mirador hacia el paisaje.
El frío está aletargado. El sol se ríe de su pereza.
Sale emplumado, henchido, ufano por la tardanza
del reacio invierno.
Acomodado, quién sabe dónde,
No hiela el cielo ni llora carámbanos por los tejados
como otro tiempo.
La gente anhela ya sus patines y sus abrigos.
No se recuerda ir ateridos y en las bufandas arrebujados.
Voy de puntillas por el alféizar de mi sentir que aún dormita
bajo mi piel. Se oyen campanas a lo lejos; campanas de domingo.
Din, don, din, don, don


