Cuando vienes desaliento a desvestirme
con tus manos de gárgola de piedra,
siento mi piel endurecida, certeramente gélida.
Abres una oquedad en la alegría, enturbias
el fogaje que me mora restándole calor.
Pesadumbre inaudita que impeles
al agua de mis ojos haciéndola saltar
como una ola tras las pestañas que tiritan
mientras todos mis poros erosionan cual géiseres
convirtiéndose en erizos espasmódicos.
Instante trágico a pesar de transitorio...
¿Qué hacer para evitar tus manos de sastre
detestable clavando sus punzadas?
Nada.
El plasma de mi cuerpo pugnará
por irrigar, seguir viajando por las venas
y llegar al pálpito vital, bastión inquebrantable
de mi vida, regente sin igual con armas
esenciales con las que ahuyentará
el pétreo costureo del pesar.