Pienso, mientras miro el azul de mis venas, en el engaño de ese reguero que me circula...
Un disfraz del rojo fluyendo revestido. Mi blanca piel sirve a su propósito, es escaparate a su atavío.
Añoro aquel columpio de azucenas: La niñez.
Un estadio donde la felicidad acudía en sus muchos ratos de ocio a columpiarse junto a mí y al unísono traíamos la risa de luna.
Recupero la mirada, el enfoque hacia este río "rojoazul".
Un ligero temblor como ola sacudida por la marea, un estallido de pájaros níveos, un astro tenue ondeando la bandera de su ardor.
Todo me ata a aquel espacio hilvanado a mi existencia con la aguja del destino irrefutable de pasar a bocanadas o a sorbos, veloz o de puntillas, por esa esfera blanca de la infancia, sin más propósito que el avance.
Siempre me supe de escarceos marinos. Mirarme era sentirme de espuma. Ignoraba la brea adhiriéndose a mis remos, horadando superficies, provocando la zozobra, el más que posible naufragio.
Pienso ahora, columpiada en este tiempo, mientras sigo observando esta pasión azul bajo mis poros, en qué será de ella...
Se irá bajo la tierra, en busca de otro mar u otro navío.
El albo de mi piel, tal vez, en ónice convertido, hallará al fin su cometido.