Alborozadas, las campanas tocaron. Dieron la bienvenida a ese bebé al que criar entre una marabunta de gente vestida de fiesta e incógnitas; también de buenos deseos abrigando su esperanza.
Fui previsora y compré antes de ese canto campanil, kilo y cuarto de esperanza en la tiendecita dorada de la calle de la ilusión siempre tan transitada. Al pasar al lado de una puerta azul, compré unos litros de mar para sentirlo cerca en esa hora de alumbramiento. Más allá, en un despacho de dulces, me despaché a gusto comprando bollos de ternura, frivolidades de besos y canapés de achuchones.
Marché hacia el sonido de las matronas que repiqueteaban al traer al mundo ese nuevo vástago universal y a otro minúsculo que me traen sólo a mí a la vez que pare el tiempo:
Ese es mi bebé especial, mi año sólo, ese que criaré a fuerza de tesón, coraje y esfuerzo. Lo haré acompañada a veces, a veces sola. Reiré con sus gracias o lloraré con sus desdichas, pleitearé por levantarlo cuando se caiga, lo abrazaré y mimaré, le daré todo mi amor.
Y es que cuando las risueñas campanas dan sus doce cantos, hay un año nuevo que nace para todos y un año nuevo que nace para ésta que escribe.
Nací un 1 de Enero la 1 de la madrugada y siempre doy gracias por ver dos partos a la par y por no haber nacido en el 1.111, porque sería original, pero me tendría criando malvas hace ya muchos partos!
Os invito a un trocito de tarta de calabaza y chocolate.
La he hecho hoy así de calabaza, para dar calabazas a los malos augurios y de chocolate para endulzar sinsabores. Las cerezas, es porque me parecieron guindas de pasión que tendré que poner para criar un añito más.
¿Gustáis?
Como veis es como yo:
Muy casera, ja, ja, ja
Espero que lo hayáis pasado genial en Noche Vieja.