Se deslizan las hojas veloces,
por el aire, en el suelo.
Remolinos airados
de un invierno infernal
que jamás pareciese venir.
Es proclama que llega
a pesar del intento de obviarlo y,
se
asienta en carámbanos o en la nívea
crudeza del acuífero cielo.
Palidecen los días.
Se persignan convulsos
ante tal
desafecto.
En el pálpito abúlico
de mi pecho en descanso,
un bramido
despierta,
un gemido estentóreo
dispersando matices
de un estío olvidado.
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