Me fascina lo lejos. Los horizontes coquetean con mis neuronas hasta seducirlas
consiguiendo que me pierda en ellos. Bajo los párpados, en mis atrincheradas pupilas,
surgen chispas de pura efervescencia. Bajo la nariz, una sonrisa bobalicona se dibuja en mis labios.
Ah..., la nariz.
De inmediato, en ella penetran efluvios de viaje; aletea, se ensancha, baila levemente como crepitando tratando de ir entre volutas de aire hasta el remoto punto donde la mirada se instaló solo un tiempo antes. Es inalcanzable, le dice mi mente.
Me entusiasma imaginarme en ese límite distante descubriendo alrededores nuevos, gentes insólitas con aromas extravagantes arrasando las fosas nasales.
Me gusta tanto la lontananza que tras de mi frente he hecho un taller de bosquejos confines en los que la imaginación fabrica historias para mis chispas, sonrisas bobas y olores abisales.