Picotea el cuervo una hora y otra.
Todo lo destroza en el laberinto
de los días, que acomodados en mi
espalda, aguijonea a su placer.
Mi corazón lo espanta con latidos persistentes
mientras los pies caminan en busca de
una salida donde dar esquinazo
a su ansia devoradora.
Se intuye el paraíso a través
de lo tupido de los setos idénticos.
Lo uniforme del camino, desespera,
si no fuera por esos hilos de luz que
atraviesan la espesura, se detienen
en el rostro, cosquillean el cabello
y dan calor a la piel.
Esa promesa de zafar el tiempo
-mi tiempo-
de su tenaz pico, es lo que hace
infatigables los pasos.
A lo lejos la abertura reluce como
oro bruñido por las manos de un
misterioso orfebre, y esa joya,
para mi tesón, es la más ansiada
por mi anhelo de ruptura ante
la monótona inercia.
*Estas letras, como siempre, intentando ser poema, no son sino una más de mis conversaciones
conmigo misma y la escasez de tiempo que me gobierna e impide visitaros más, de disfrutar
tanto con vuestras letras. Son, como siempre, letras derramadas desde mi adentro, en esta
ocasión para pediros disculpas por no frecuentaros como debiera. Lo haré de a poquito; seguro.
Besos a tod@s e infinitas gracias a l@s que aún tenéis ganas de pasaros por mi isla.


