Una levedad.
Algo apenas nada.
Un vórtice afable.
Un débil suspiro siempre lazarillo
de la indómita emoción.
Fenezco el entorno por unos segundos
haciéndome ausencia.
Más tarde alborozo el reloj,
enajeno el mundo de sus manecillas
y juego a pillar mil haces de luz
cual si las luciérnagas naciesen
para mi capricho.
Suelo ser un soplo que viene
y que va y entre ida y vuelta,
te toma las manos llevándote
lejos de tu bienestar.
Te traigo hasta mi y mi pensamiento
que ríe contento habiendo
viajado sin hacerle falta caminos o mar.
Soy como esa flor que bordea tu senda
y entre la maleza muestra un esplendor
bravío y efímero:
Una levedad.